Por qué la virtualidad está modificando nuestro comportamiento

La presencia cada vez más constante de la realidad virtual en la vida cotidiana está alterando el comportamiento de quienes la experimentan, planteando serias dudas sobre la verdadera realidad del mundo.

Por qué la virtualidad está modificando nuestro comportamiento
Por qué la virtualidad está modificando nuestro comportamiento

La virtualidad del mundo (que otros han llamado, con distintas intenciones, la telerrealidad) va ganando terreno frente aquello que considerábamos real y palpable, al grado de que muchos auguran ya que esta nueva forma de estar en el mundo terminará modificando las nociones con que lo concebimos hasta ahora.

Algunas investigaciones al respecto sugieren que los dispositivos que acercan la realidad virtual a los individuos tienden a cambiar algunos aspectos de su comportamiento relacionados con dicha experiencia. Así, por ejemplo, Sun Joo Ahn, actualmente investigadora de la Universidad de Georgia en Atenas, dividió a un grupo de voluntarios en dos: a unos se les pidió que imaginaran al acción de talar un árbol y los otros “hicieron” esto por medio de aparato de realidad virtual. Más tarde se comprobó que estos últimos gastaban menos servilletas para limpiar un líquido derramado que los integrantes del grupo opuesto, como si el contacto, así fuera virtual, con el árbol serruchado hubiera despertado cierta sensibilización ante la conversión de la madera en papel.

Igualmente Jeremy Bailenson, desde el Laboratorio de Interacción Humana Virtual de la Universidad de Stanford, en California, ha realizado experimentos en que personas utilizan simulaciones de sí mismos pero alterados por el sobrepeso o el envejecimiento; la vista de estos dobles virtuales los anima a hacer ejercicio o ahorrar.

Y es que una de las ventajas de la realidad virtual —a veces por encima de las propias capacidades cognitivas como la imaginación— es que sume al individuo en situaciones realmente verosímiles, críticas aunque controladas, con un alto grado de similitud no con la realidad (que probablemente no exista) sino con los mecanismos que empleamos al momento de aprehenderla.

Ese es, de alguna manera, el fundamento tanto de la virtualidad como de su éxito más allá de la tecnología que la fomenta. Su impacto es evidentemente mucho más profundo —alterando comportamientos, maneras de pensar, hábitos, etc.— porque se dirige al núcleo mismo donde reside nuestra certeza del mundo, esos procesos del entendimientos con los cuales nos atrevemos a decir si algo es real o no. Pero hackeando este algoritmo, imitando a la perfección con un simulacro virtual un objeto que creemos irrebatiblemente cierto, ¿tendría esto alguna diferencia con lo real?

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